lunes, 25 de diciembre de 2023

Los pájaros de la navidad

están en el piso de arriba.

Susurran: "estoy acurrucado en las manos de un dios bípedo ¿tendrá comida?"

tengo el infortunio de poder emular sus palabras

la maldición de ser un loro entre ramas de acero y reiterar el vocablo de mi propio encierro

viernes, 22 de diciembre de 2023

antes de convertir escamas en alas
con ojos que oscilan y brillan y tienen parentesco con la divinidad
había un sueño
un sólo sueño qué era el sueño de la piedra que ve los cardenales crecer
crecer en medio de la sed
con el sol a ras de piso
Ese sueño
Esa bestia que dispone sus grandes proposiciones 
El rubor en la mejilla
Lágrimas de carbón que caen 
como tórtolas entumidas
parasitadas por el don de volar y no irse

Los porqué
El queísmo al explicar las cosas
inertes hermosas dolorosas impertinentes
No todas las flores pueden crecer
dentro de un frasco con agua
Algunas palpitan al sol
y giran su cuello cuando la noche
es un pájaro hambriento y desconocedor 

Ese pájaro de cordillera
que entona la muerte desde la cima
más arriba del cerro
más arriba de la muerte y el cielo
allá en ese lugar donde las plegarias
son peticiones evaporadas
execradas por la complejidad de decir
y no decir 

Algo suena
Algo vive y muere entre las palabras
Algo anuncia el gran sentido del pájaro
cuando la noche cae muy abajo 

lunes, 18 de diciembre de 2023

Visita de E. Diciembre como todos los diciembres: malditos.

Cada nueva bienvenida a una vieja amistad, abre los caminos, abre los soles guardados en los cajones y en olvidados libros. Cada palabra de aliento, los abrazos, palabras endulzadas y también los cables a tierra que me lanzan desde su corniza. Cuánto significa cada uno, no lo sé, es un cálculo imposible, innecesario. 

Ahora, que me despido de E, me siento nuevamente abadonada, hundida, sin el calor que necesita un animal de sol para sobrevivir. Sin tu agua, no puedo... y aunque sé que debo resistir o contraponerme o girar en sentido contrario, déjame vivir este pequeño duelo, que es la despedida, los adioses acelerados por el ritmo de la ciudad, Me doy cuenta que en el centro de la ciudad, no hay flores rojas para lanzar al río. En los puentes, sólo candados y debajo, mi sombra proyectada en el agua. Le pido que tome la congoja. Le pido un milagro al barro. 

Triste, depresiva, demasiado enamorada de mis amistades y de la compañía provisoria. Deja compartir esto que es lo poco que tengo: un anhelo por lo que está más allá de nuestros ojos, lo imposible; los monstruos que dibujábamos de niños. Tengo tantas ganas de ser otra; de girarme y poner en mis ojeras otras ojeras, que mi pena no sea una pena, en el sentido de sentirme condenada por mi propia consciencia. Deshabitar esta casita de muñeco, abandonada en el rincón de la infancia. Aún recuerdo los juegos de madera sobre la chépica, delante del río y sobre las flores que parecían pequeñas ovejas. Mirar desde la altura de monte que era la altura del resfalín a esa edad; lanzarse en picada contra la tierra; sin miedo; aunque la caída fuera estrepitosa y el latón en descenso quemara como un sol antiguo; lanzarse a la nada que era sólo un radio de dos metros. Ese recuerdo me acalora, me cobija. Pero no soy más un niño leyendo enciclopedias de guerra, ilustradas minuciosamente. Anoche soñé que el poema era una enorme mancha en el cerebro. Anoché soñé que eso era el silencio primordial; pero no, el silencio es esta fuerza inexorable. La manchasombra en el cerebro es otra cosa. Tú me señalaste los nombres, mis posiciones, estos cambios que experimento y me tienen confundida. No me dejes sola mientras busco la salida o la entrada o la ventanilla escondida en el muro de barro. 

Relojes de arena. Así mido el tiempo, en descenso, en la cornisa. A tu lado, soy tan mínima que se siente como ser abrazada por el aire, por los pimientos en los que solía encaramarme. Los árboles protectores. Mi árbol roído y aún así crecido, aún así hermoso...

No te vayas cuando lance mis cosas por la ventana; cuando lance mi nombre al río para no oírlo ni pronunciarlo nunca más. No puedo sola, sola no. Los fantasmas no pueden fundirse en crisoles ni diluirse en cántaros. Tú tampoco, tu eres fuerte, ágil, sorpresivo. Por eso no te vayas aunque te vayas. No huiré sin decírtelo. 

miércoles, 6 de diciembre de 2023

Mi abuela, mi mami frente a mí y una pizarra blanca, rayada con palabras ilegibles, me decía: termina tus lecturas pendientes y empieza lo que falta, otros libros. Y en eso estoy, buscando oraciones que me permitan creer nuevamente en lo que se esconde detrás de cada letra, en los abecedarios con los que las cosas dejan de ser cosas, inertes y frías.  Quizás calor, quizás bienvenidas a partituras reveladoras. Estoy girando la misma rueda, ocupando los mismos dardos. Cuando un cuchillo no tiene filo, no corta, rasga, despedaza. Y si voy así, abriéndome apenas el paso, pisoteando mi sombra que es la misma sombra de ayer... Ya no, algo debo terminar, procurar algo germinativo, no para los otros sino para quién sabe quién. 

Tanta pregunta y algo en mi corazón se abre doloroso, queriendo salir por los ojos como peces de roca, como aguas turbulentas que golpean la orilla. Entre el trabajo, los cansancios acumulados, el pesar en la voz, la vida toma la significancia de una pequeña fogata, la pequeña cicatriz ardiente. No sé si estoy preparada, no sé si tengo si quiera el alma a prueba de balas que señala Sade. Y el alma, sin forma ni paradero, sin origen porque sé que lo que tengo en vez de alma es un acorazamiento, osamenta, cuerpo, espíritu, a estas alturas, derrotado por mi propia incapacidad. Sueños, tristísimos sueños llenos de luces doradas, pasajes confundidos, desganadas aperturas al cariño. Si las palabras ahora me abandonan y sólo encuentro dobleces en las esquinas de los libros, si ahora no puedo enhebrar las palabras y diseñar constelaciones, astros enormes o cosas vivientes, no sé, no sé de mí, que también soy una cosa viviente, curiosa de mi propio estado desbalanceado, curiosa por sobre todo de lo que no sé y sé creer. 


lunes, 27 de noviembre de 2023

 Ahora entiendo, tumbada sin ornamentos sobre mi cama, lo extrañamente fatal que se me hace no sentir el paso por las espinas; la ausencia de luna y sol en los pensamientos; no poder llorar a destajo como un niño muerto. La altura de estas pastillas pusieron llave en mis emociones, no, no en mis emociones, sí en los cómo, en las salidas. Una llave maestra, escondida en la nada que es la consciencia, dos ojos que miran lejos y sólo miran lejos. Aprieto mi mandíbula, trato de erguir mi espalda, acomodar la estructura que cosas pequeñas y fusionadas me dieron. O más bien me impusieron, esta visión perdida; la quejumbrosa actitud; la tristeza prolongada y mi amor imperecedero por los pájaros, por todo lo que emana en el silencio. ¿Eso seré yo? quizás... algo más parecido a una fase de un proceso más largo... lo que me hace pensar en que vengo de más atrás, más al fondo, más hondos los ojos y profundo el largo silencio de las aves al anochecer. No tengo respuestas, ni para mí ni para la yo ni para los otros. 

Extraño lo que ofrendé a mi salvación. Ahora, a dormir o intentarlo, entre conversaciones tortuosas, entre tomar o no la medicación porque quiero llorar y la altura no me deja desparramarme sobre mi propia cara y quiero intentarlo... quiero mi propia sed. 

Llorar como algo que no sabe qué es llorar. 

lunes, 30 de octubre de 2023

like a tatto

Quisiera estar recostada en la mano de un gigante y llorar, pero sólo estoy en mí, hacia dentro... Y los jardines mueren y la lluvia arruga mis papeles modestos hechos de piedra pateada; hechos de una sombra grande y devoradora. Hay veces que sólo hablo con mi corazón, con su temblor de norte y la pulsación de un niño que se ahoga tras las boyas

domingo, 22 de octubre de 2023

agua marina

Hay libros sin terminar encima de sus orejas y sus manos, enrojecidas por la sensación de no hacer nada con las palabras. Hay sueños en la orilla de las ventanas, aferrados porfiadamente en el filo. Cada vez que alguien quiso oírle, dejaron de hacerlo al minuto. Nunca o sólo la materia brillante y transparente pudieron oír esa voz gutural, salida de una flor pegajosa y profunda. Una flor que sólo crece una vez para luego ser abono de su posteridad, de su otra yo, de su espejo inevitable que es la muerte y la aparición de otras flores. El cielo en el agua y abajo, los peces de la memoria... para recordar los tumbos en el río de la niñez; la salinidad de la infancia; los ahogos, las ganas de ahogarse o poseer branquias y nadar hasta el fondo, detrás de la superficie, por fuera del cielo y del agua: allí donde lo imposible brilla en medio de la oscuridad absoluta; donde los cuerpos son esqueletitos vestidos con ropas transparentes. Ella quiso nadar, nadar más allá de su soledad y de su humo y de su boca que siempre quiso arrancarle los labios a las paredes.

Ella o él, enteros aguas, inmensas criaturas que observan sus peces de memoria, sobre rocas antiguas, viejos cántaros de agua salada, de agua de niebla dónde los mariscos construyen sus conchas leopardadas, donde siempre, en cierto segundo, un cuerpo aparece, hendido y azul, flotando entre la espuma. 

domingo, 8 de octubre de 2023

Cian

La Serena, Cuenca Elki.  Reencuentros, palabras, gestos.

No pude decirlo en persona, pero verte nuevamente, después de un paréntesis de cuatro años, me hace pensar, recordar la calidez en nuestros encuentros. Solo sé que en mi hay cariño, amor, no lo sabría definir, quizás por temor a las palabras... pero es algo muy genuino y es para ti.

Detrás de todo el tiempo, de los silencios y las distancias, en mí estás tú y eso significa: una flor azul a mitad del desierto. Agua en medio de la sed.

martes, 3 de octubre de 2023

lloro

me muero, por goteras, asumiendo mi imposibilidad de ser, estar; la incapacidad de poner la otra mejilla como una niñez pálida, opaca. Estoy roja de rostro y manos, por rabia sostenida, porque al mundo le he dicho que no cuando sí y que sí cuando no. Miro las vías del tren, el caudal barroso, las alturas vertiginosas. Formas de culminar, concluyentes. No puedo, aún no y pienso en el pájaro negro que roza mi hombro: veloz, decidido, azabache. Quisiera que el dolor sea un pájaro en mi vida, que algo se pose en mí como una mano de gigante y me refugie para siempre en sus falanges. Quizás eso significa <estar pidiendo ayuda> <s.o.s>. Pero algo me detiene, algo que soy aún frente al espejo, doblada y confundida. 

El mirlo rozando mi hombro y yo parasitando su velocidad, queriendo entender cómo es posible, cómo se vive sosteniendo alimentos y ramas y cosas vitales y desplazamientos; todo a la vez. Deberé sentar cabeza, aplastarla. Deberé oír mis pulmones, mi pulsación, mis arcadas. No más mente, no más la imaginación y sus proyecciones extendidas, cómo un campo de clavos. Pájaro. Mirlo, paloma. Cualquier animal menos el pensamiento. Esta vez no. Está vez nunca más. 

Lloro 

martes, 19 de septiembre de 2023

Es la hora del monólogo estelar, la presentación de mis incapacidades. Mi pelo negro, rizado, mis ojos desvanecidos y mi cuerpo que es una cosa dolorosa. Hay barcos náufragos en la mirada, un faro a la distancia y mucha nubosidad. Y a veces lloro como un pájaro a media noche, sin libros dónde arrullar mi arquitectura de fantasma. Este es mi diseño, poblado de viejos pájaros y viejos sueños de sol y vinos amaderados. Una que otra vez, puedo llorar. O el llanto me puede a mí, de forma parasitaria. Dije que podía con todo y contratodo, escupir en los modales. Dije muchas cosas. Digo y hago cosas, pero a esta hora donde no soy más ni menos que un cuerpo, no puedo... No es temor lo que hay en mis palabras, tampoco ganas de milagro. Hay un rito de pérdida, precisamente en esta fecha donde el mundo alza sus banderas, un rito de pérdida profundo y líquido, desparramado. ¿Qué pierdo? ¿Que alzan mis manos? Un triste harapo con la palabra destino. 

jueves, 7 de septiembre de 2023

anibal

Entre luminarias haraposas
paredes caídas rostros amarrados a los pies
Un pedazo de cielo
Un algo entre ceja y ceja 
La Torcaza Los contratos indefinidosgg 
Las propinas repartidas semanalmente como fichas digitales

Nunca supe ni aprendí a llamar
A las palomas como mi bisabuelo
Él y su palomera de palo en la falda del cerro
a orillas de la virgen
Él y sus palomas doradas y su arrullo y su taller sagrado dónde construíamos aviones de madera
Quizás ahí la fascinación
Los materiales primerizos de la niñez palomera
Nuestros ojos alados llenos de cielo y norte y cajas negras
Quizás ahí me detuve y quizás ahí avancé sin dar un sólo paso 


de dónde viene la lluvia

Cómo alguna vez le dije a Malva, está chácara lleva más de 230 años hospedando nuestras formas agrícolas de vivir en Horneros, una quebrada ...