Tiende su mano dentro de la casa azul, con paredes de yeso y cal y barro naranjoso. Adentro hay píldoras, un sólo vaso de agua, papel, tres mil gatos negros y uno que otro fantasma, flotando como espectros acuáticos, fallecidos en el agua. No se puede sacar nada de la casa, no porque esté vigilada o por limitancias morales de la mano. La mano es una estructura. Está diseñada para tomar o dejar o no hacer nada más que ser una mano. En la casa, las cosas sólo existen porque existen en la casa azul. No se puede retirar un fantasma y disponerlo a pasearse como nada en una capilla, otro barrio o debajo de un puente. Los tres mil gatos no caben en otra casa que no sea la casa azul, allí tienen siempre un vaso de agua y en el, sacían su sed y su hambre. En el papel, está escrito que las manos podrán reconocer los objetos, pero al intentar sostenerlos o arrebatarlos, estos se re-acomodarán. Alguien quiso esta casa. Alguien alimentó su estructura con pergaminos protectores. Es una casa pequeña, protegida, fresca. Los gatos caben impresionantemente. El agua del vaso se reproduce por sí sola, por magia vaporosa. Las pildoras es lo único que está exento de privación e infinidad. La mano toma una píldora para siempre, la lleva a otra casa que es la casa de la boca. Tiene un vaso de agua que es la saliva. Siempre está lleno. La mano es suave, no tiembla. La mano es una casa arcillosa, parecida a las paredes. Justamente es una pared, contiene cosas palpitantes, vivas. ¿Y los gatos? los gatos se acomodan en estanterías, maceteros y escaleras al interior de la casa. Observan la noche tras la única ventana. Una gran masa de ojos expandidos ilumina el vidrio. La mano los acaricia, les señala caminos y recovecos nuevos. Toma una píldora. Ocupa su vaso de agua que es la lengua y digiere suavemente. Las pastillas son dulces en otras partes. Los espectros nadan por la casa, incapaces de beber, acariciar y pisar suelos o tocar objetos. Pero están, invisibles y visibles, como la electricidad. Son un fenómeno de luz, de fuerza o de energía mortal. Perseverar incluso en su nada o ser okupas de una casa de objetos vivos. La ocupación. Es la casa del lenguaje. Y el lenguaje es desalojado por la mano. Mordido por los gatos. Saciado por el vaso de agua. Absorbido por fantasmas y escuálidas formas de no existencia. Escrito en pergaminos de orden, está prohibido invocar el lenguaje. Entonces, fantasmas y gatos, deciden abrir y patear estanterías. Algo cae. El vaso de agua. La mano entra y corta, por accidente, sus tendones y venas. Gatos y fantasmas la beben. Los espectros pueden consumir líquidos espesos. En la casa, la casa de la voz agita sus campanas. Está prohíbido el lenguaje. Y compartir algo nuevo es abrir la casa del lenguaje que está en todas partes, pero que por todas partes había estado cerrada. Entonces, tres mil gatos negros se esconden en las escaleras. Los fantasmas se envuelven en cortinas gruesas, no vaya a ser cosa que los vean empapados de sangre, dando nuevamente forma o cuerpo o simplemente figuración a sus osamentas transparentes. La mano, mediante la casa del lenguaje, jadea como una serpiente partida en dos. Sangra. Alimenta la casa. La bendice con jugos y fluidos sin querer. Algo se abre a medias en el centro, justo debajo de la escalera principal. Los gatos, rapidamente, esquivando quien sabe qué cosa, asisten a la apertura. Dos pequeñas puertas, pesadas y viejas. Los fantasmas, ahora, con fuerza de vivos, abren de par en par las puertitas de noble madera. Es un napoleón, viejo, aparentemente útil, polvoroso. Tiene una nota. Un fantasma, recuperados sus brazos, dedos, falanges y tendones, suavemente desliza la yema por la letra. Reconoce el idioma. Puede jurar que sabe que dice, pero no tiene boca todavía. Los gatos entierran un pedazo de vidrio en la mano. Sangra nuevamente y los cuerpos a media se empapan. Se ubica frente a la ventana, donde el sol, desde lejos, apura el secado y la transformación de una cara rota en una cara rota con lengua. Entonces, mientras todos se acercan a las puertitas y al papel, el fantasma dice: - este es idioma de vivos, pero algo he estudiado, algo muy poco, algo nada más e instuyo que el papel no contiene ninguna palabra- . Los gatos maullan ferozmente, se sacan los ojos, se arrancan patas y colas y se recomponen igual que la sed y el vaso de agua. Entonces, la casa azul comienza a retumbar. Las campanas se agitan como palomas azotadas. El cal de las paredes cubre a los muertos. Los gatos esconden el vaso de agua. La mano entra y sale, porque siente movimiento y disparidad en el silencio. Se astilla un dedo y se retira, dejando un rastro carmín. Y, ahora, los gatos se preguntan, menos el gato envejecido, por dónde entra y sale la mano. Y los fantasmas, se preguntan porque los gatos tienen la capacidad de entrar en la casa de la pregunta. Alguien dice, gata o muerto, dónde se ha ido la mano y por dónde vendrá. El napoleón, según dice un libro de herramientas del acero, sirve para abrir cosas. Pero los vasos de agua no se abren y sería desastroso abrir un libro con algo tan pesado. Según, continúa el libro - señala el fantasma calizo - también corta. Cortar y abrir. - ¡cómo encontramos esto! - exclama severo el gato viejo - abriendo una puerta con fuerza - responden los fantasmas. Ahora, los gatos (2.999) preguntaban, los fantasmas abren puertas, las manos se lanzan a cortarse y desmembrarse para tener conocimiento. La casa, a cada movimiento peligroso, es decir, movida que pudiera revelar qué se hace con un napoleón, agitaba el campanario y retumbaba su ventana, ahuyentando gatos y transparencias. Nadie bebe del agua. Nadie confía, ahora, en las paredes que son paredes como una mano que se abre como una puerta y que contiene algo dentro como un napoleón y una carta. Entonces, el fantasma lector, luego de darle varias vueltas al asunto (qué hacer), decide abrazar la mano y no soltarla hasta que esta volviera a salir. La mano no salió, no salió y el fantasma desistió por la sed. Los fantasmas viven en el agua. Son la sed misma. Más tarde, la noche se expande por la ventana que es el único lugar por donde se ve. Los gatos sienten e interrogan al vidrio. Todo es lenguaje. Se preguntán porqué el vidrio retumba con las campanas, porqué el miedo a que algo pueda resultar roto, como el vaso. ¡Y claro! el vidrio se puede romper, quebrar, patear o empujar algo pesado sobre el, como una mano o un fantasma que ha tomado mucha agua. Es el plan perfecto, porque la única puerta es la puerta donde se guardaba un napoleón y un papel. Luego, cuando el vidrio parecía una puerta de piedra anochecida, los gatos lanzan el napoleón contra el y estalla como el vaso, sin agua, pero en pedacitos como gotas de lluvia de la casa de los enanos. Asombrados y al escuchar la primera tonada de campanas, llaman a fantasmas o muertos o transparentes y se lanzan contra quien sabe qué.
No se sabe cuánto rato pasó, pero el gato viejo despertó en una casa oscura, con una sola ventana y sin ninguna puerta. No se puede considerar puerta (¿o sí?) una especie de jaula. Aunque la casa de los canarios tenía puertas similares. Busca a sus compañeros, más de 2.999 gatos y gatas que ya no estaban. Le parecía extraño. Sólo está la mano, que entra y deja una fuente con agua. Suena un timbre, muy fuerte, espantosamente. El gato teme porque no hay otros gatos. Él es el gato tres mil y no están los fantasmas, cuyos cuerpos viven en el agua (poseen líquidos y fluidos). Pero está la mano, que viene y bruscamente abre su boca e inserta una píldora. Está la píldora y el frasco roto de agua en el piso, que es repuesto inmediatamente por la misma mano para no volver a cortarse. La píldora era de la casa de la sombra, porque cada vez que la metían en su hocico, reconocía un color de árbol podrido, de acercamiento microscópico al humo. El gato despierta. No entiende. No tolera no poder entrar en la casa de la pregunta. No sabe interrogar su jaula, su vaso de agua. Está viejo y otras casas de blanco invierno, lo rodean. Hay osamentas y también píldoras repartidas, vasos rotos y sangre. Recuerda ese olor. Recuerda pero no pregunta porque no tiene voz ni la lengua. - Soy un gato viejo, con 2.999 compañeros que no están, con un vaso de agua que rompo cada vez que viene la píldora y la mano - comenta decaido. Ve las paredes, las observa con rigurosidad. Alcanza a ver la única ventana, angosta y rectangular, por donde el sol alumbra huesos y vidrios. Más allá, en el centro del pasillo, un papel. Ente cierra los ojos, ajusta su córnea a medio cegarse y lee: BOX 2.999, SALA DE APAREAMIENTO. Lee pero no pregunta. No pregunta porque viene la mano que es una pared y abre su hocico e introduce la pildora. Esta vez no hay rompimiento de vaso. El sol entra por la ventana. Se reencuentra con fantasmas y espectros y pregunta:
- ¿por dónde se han ido todos?