Ahora, confeccionamos uniformes, perfiles sin ningún tipo de relieve, personalidades aplanadas, ahuecadas. A eso nos dedicamos, a eso nos obligan a dedicarnos, digo yo. Estos uniformes poblan los pequeños relictos de desierto donde la lluvia no licúa sus arenas. Ellos administran la tierra, la siembra, la natalidad, los nuevos trabajos y la construcción de Los Relictos. Nosotras no, nosotras pensamos e imaginamos personalidades a partir de tres referencias: nuestra comida blanquecina, las paredes que nos envuelven y la orfandad. Entonces, a cada relicto, se le otorga una personalidad invariable, tiesa, de muy pocos matices, a través de un manual que La Regidora se encarga de propagar, integrar y fiscalizar. Los Uniformes no son difíciles de crear, porque no hay estímulos mayores, solo un vacío consagrado y este diccionario que me dejó mi M, con marginalia explicando qué es un diccionario y qué es una letra y qué es una marginalia; también contándonos sobre el Secuestro de Los Pueblos Arcilla, donde arrinconaban a muchas M y les quitaban a sus M y luego las arrojaban al pantano. Imagino que este diccionario miniatura, pequeñísimo, sobrevivió entre mis rulos antes de que me arrancaran de mi M como una larva y después de matarla. Y mis M, acostadas en otras piezas llanas de sol y de aire, también guardan sus diccionarios miniatura entre sus pelos. Todas confeccionamos uniformes que ahora viven una vida estéril, pero que respiran un fresco aire, bajo un dorado sol y una exquisita primavera eterna y opiácea, relajante, así lo describimos en los Manuales de Relicto.
No sabemos dónde estamos, ni dónde están nuestras M o nuestras A. Tengo miedo. Llueve para siempre. Llueve una pena de desaparecido, de fantasma que sobrevive al sol...