miércoles, 30 de septiembre de 2026

con los ojos puestos en pobres jardines

Ortigas en las manos. El ardor es azul y gris. Mis ojos son halos negros. Esta desesperación tiene que ver justamente con ortigas desespinadas. Voy a buscar una luna que vaya comiendo la poca lumbre y con ello, los caminos y sus ventanas oblicuas o palabras demasiado rectas para ser pronunciadas. Giro y los autos con hábitos arrasadores y su consunción en la retina y en el miedo. Lagar imperfecto en las aureolas de la infancia porque ese suelo así lo era: un aplastadero de uvas moradas. Qué fácil era robar uvas, qué fácil es lubricar la boca los pensamientos incluso el sueño torvo. Embozar colibríes para que escapen de alguna manera / sucesión de aposentos maltratados. Tienes viejas costumbres porque no tienes futuro entonces las cosas se vuelven maneras de larga aliento. Soplar las velas soplar las casas arcillosas como tapias sordas y continuar porque todo eso es materia ida, desplazada. No finjo, altero. Y tienes un jilguero demudado, así es como los pájaros se vuelven amarillos y verdes aún cuando fuesen pájaros estrictos. Qué canta ahora qué azora mi carácter y porqué resulta difícil pronunciar palabras porqué pican como ortigas si el jardín está baldío y picoteado y porqué aquí vuelve el estío con su cardumen de nubes sombrías y su ambientación  deslucida, mustia...

lunes, 21 de septiembre de 2026

Primavera. Los nacimientos coloreados. La luna y su reverso descosido, deforme. Hace mucho tiempo no llovía de esta forma, con arreboles y relámpagos arropando nubes y viejas calles. El desierto se abre ahora como una máscara de sol licuado, con lirios en sus bordes y, medio a medio, un guanaco atropellado se hunde como una procesión de huesos lentos y sagrados. Hace mucho tiempo no llovía así y mi cuerpo, hondura o pozo, se dispone a replegarse en las esquinas de las cosas. Y las cosas, libros, canastos de mimbre, juegos mecánicos, las botellas y ventanas, terminan despegándose, yéndose a la vereda contraria, por donde caminan niñas en retroceso, con la cabeza torcida. La tristeza no es tristeza si me impide suplicar, decir lo que se haya una vez encontrada y abierta la fuente de los arcoiris. No llovía así, con el cielo escamoso y aguado y luminoso. Las cosas y lo preexistentente, es decir, su potencia y su antelación. Me abandona la forma y la noche, calurosamente mineral, sopla sus transparencias, sus halos sombríos. Me convida su delirio, ascuo y azuloso, desértico...

las horas azules

Nos desacostumbramos al sol las madres enseñan geometría  un círculo es la primera norma estar dentro siempre incorporada Tienes un huésped ...