lunes, 21 de septiembre de 2026
Primavera. Los nacimientos coloreados. La luna y su reverso descosido, deforme. Hace mucho tiempo no llovía de esta forma, con arreboles y relámpagos arropando nubes y viejas calles. El desierto se abre ahora como una máscara de sol licuado, con lirios en sus bordes y, medio a medio, un guanaco atropellado se hunde como una procesión de huesos lentos y sagrados. Hace mucho tiempo no llovía así y mi cuerpo, hondura o pozo, se dispone a replegarse en las esquinas de las cosas. Y las cosas, libros, canastos de mimbre, juegos mecánicos, las botellas y ventanas, terminan despegándose, yéndose a la vereda contraria, por donde caminan niñas en retroceso, con la cabeza torcida. La tristeza no es tristeza si me impide suplicar, decir lo que se haya una vez encontrada y abierta la fuente de los arcoiris. No llovía así, con el cielo escamoso y aguado y luminoso. Las cosas y lo preexistentente, es decir, su potencia y su antelación. Me abandona la forma y la noche, calurosamente mineral, sopla sus transparencias, sus halos sombríos. Me convida su delirio, ascuo y azuloso, desértico...
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