Yo. Yo. Yo. No. Esta vez no estoy. No han descorrido las cortinas y no ha entrado la luz. Y si me hundo y si voy a la pregunta como una criatura desolada o una cosa disipada, oblicua. No te miento. A veces me repliego. A veces muerdo. Tú para mí eres importante, también lo es mi respiración, mis palpitaciones. No pido ni pediré nada. Lo que has dado es por intercambio sincero, escojo creer que aún existen... ¿será? ¿será esta vez una nueva vez de quiebre de formas y modos? Siento que enfermo, me duele el centro del cuerpo, por ambos reversos y lloro porque siento que cae algo lo suficientemente grande para que venga el miedo, lo suficientemente pequeño para no irse, para darle tiempo, incorporarse...
La paciencia, mi prudencia, la efervecencia de los mensajes digitales, siempre frescos y sobre la marcha, siempre tan pedidos y ansiosamente esperados. Tengo pena y dudas. Una seguidilla de espectros reaparece. ¿Podré?
Lamentosa. O lista para poner límites. Poner un límite se siente parecido a vomitar o a confrontar o a defenderse en la calle de orgías nazis y ciudadanas. Que me pateen como un perro. Yo muerdo y lloro y escupo sangre. Y amo o eso dicen, que puedo amar, que comprendo, que no cuido, que sí, que soy ensimismada, que escucho, que no oigo, que debería, que espero, que soy, que pudiese...
soy nada
nada
acoplo nada beso nada
me nombro nada
y abrazo esta noche rota
roída como un palo viejo
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