Tenemos esta inquietud por saber cuando sale la luna. Cansancio, sí, o derrumbamientos interiores, así nos tenemos, caminando por adoquines transparentes, cruzando palabras encendidas como papeles o cartas importantes. Tenemos para decir o sentimos que nos debemos a la urgencia emocional. Estamos en urgencia, todos los días, incluso en los paréntesis, se asoma esta urgencia en la que viven nuestros cuerpos: la sangre, el dolor, la inmunosupresión, las carencias materiales o emocionales, las distancias, lo indecible... Y sin embargo, la magia, la ventana abriéndose paso en este cuarto de puertas en cero, nulas. Podría decir, pero lo que quiero es poder visualizar lo que se siente y lo que se siente implica agitarse, desempolvar la tristeza y darle cuerda, acompañarse de ella. Y no sólo eso, porque hay una playa esperándonos, una playa que siempre esconderá nuestro nombre en la orilla y en sus antiquísimas gemas. Pan de Azúcar. Ese es mi rito, mi animismo, ahí nos vuelvo, nos reencuentro vivos y expectantes, no en la nostalgia sino en el propósito, en el desplazamiento de los días, de la tierra o en las cosas del espíritu, en sus formas danzantes y oblicuos. El amor es una experiencia cardiaca, flexible. Tengo el corazón escindido a la voz. Y cómo va, no sé, cómo va con sus pájaros amarillos y rojos a tu boca, a tu sed.
La marea generosa o sumisa, indicadora, nos aguarda.
¿Cómo vamos a diseñar los viejos barcos de papel? ¿cómo graznan las gaviotas al cruzar archipiélagos y mares y cielos impasibles?
Este tiempo, de relocalización, de ubicación sentimental. Me siento desalojada emocionalmente. Enloquecida. Y te amo y te miro más allá: versado, intimista, dulce, sólido, compresor
Te espero porque amanece detrás de Viña del mar y las visiones me impresionan: me regalas un hermoso cementerio, fértil en mirlos y tórtolas y gorriones diminutos.
Voy, voy llegando, llegando a ti, llegando a todo, lo nuestro, la higuera, el faro, como una piedra que arde, como aguas saladas y dulces besando tu frente, tu sombra, Valentino.
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