miércoles, 24 de diciembre de 2025

Voy desanudando estas amarras de masoquismo autoinducido, sin código. Cómo asumir mi incapacidad para volver a sentir emociones traslúcidas, giratorias o conmoción. He sido piedra y también río y sólo me va quedando la forma, ahuecada y apenas encendida. Dentro de mí, una madre a la que tengo que extraer desde el centro; un padre que odio, día tras día, a pesar de no recordar su última mirada abandonadora. En la ciudad, en este tipo de ciudades conectadas, lumíniscentes, burocráticas... algo va alimentándose de mi voz, de mi valentía o, al menos, se hospeda desastrosamente en mi sangre. No quise este miedo a los ojos abiertos, fortuitos, expandidos como pozos llenos de agua pura. Y aunque blanda mi cuerpo contra el muro, el pudor me come a mordiscos. ¿Cómo un scort encarna esta vergüenza? ¿cómo se deshace la maldición de sostener el sexo de otros en el propio, sin poblarse de estúpidas y absurdas interrogantes? 

Los ojos abiertos, a siete centrímetros de los míos. Mucho vapor subiendo por el cuarto, por los cuellos húmedos por donde se desliza nuestro sudor. Los maestros construyen y silban y gritan afuera. La ciudad crece porque tiene futuro. Se obra para ella y su crecida irremediable, natural. Eso dicen. Yo me agito. Me agito y pienso en qué momento mis preguntas a viva voz, se tornaron súplicas... ¿cómo se comparte el dolor?

Y no es el lugar, porque no me puedo permitir este lugar donde las cosas me parecen las cosas de ayer. Necesito no una lobotomía ni más medicación ni mejores consejos. Necesito reconocer el silencio, la distancia entre una música y otra... 

¿cómo se dice agua sin palabras y sin gestos, sin manos ni ojos? con el ímpetu, en la sed, quizás... El cuerpo necesita experimentar sus necesidades para convertirlas en necesidades. Yo experimento el ruido, la turba y acaso eso sea la revelación, impedir el paso o el canto de silueta percudida, enemiga... 

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El Loro. Surrealismo chileno. Lectura pendiente. Leo Maslei