Cuando creí estar cómoda, acorde a mis tratamientos, suscinta como el lenguaje de una prostituta de alto rango, viene mi locura y mi estados enrarecidos. No tengo problema, tengo demasiadas soluciones individualizadas, demasiado cerco. Pudiera saltar pero debajo algo me recibe, me recobra para seguir saltando en vano hasta que se me olvide escribir sobre todas las cosas que amo profundamente: los libros, los cigarros, la soledad, los fantasmas, el desierto o las putas. Me recobra y me revive para dejarme frente a mis revistas, como si me reeducara, como una rectora muy parecida a mi madre a mis nueve años. Exigente y joven, agresiva. Pero siempre los hombres jugaron aún peor el juego. Ellos me resucitan para volver a empujarme. Incluso, desafían mi escueto almacenamiento de información, lo desafían porque sí y siempre frente a otros. No tienen remedio porque a pesar de ser los ganadores, pierden. Y, cómo en un jardín de hortalizas y arbustos, los hombres no son los mismos en ninguna porción de tierra. Y aún así, odio a los que me rodean. Pero la noche no es eso en mi ficción ahogada, saturada, casi como una yegua que es obligada a subir una quebrada con espinas en las patas. Esa yegua blande su cola contra la niebla. Y esa quebrada la acompaña, la besa y la acoje en sus sienes de tierra roja, de tierra originaria. Y mi voz, que va doblándose en el momento, es una voz sólo de alguien que necesita protegerse de otros alguien, de sus circunstancias y velocidades. La velocidad es mi mal necesario, el satisfactorio choque de la brisa de verano contra mi rostro. El olor de los naranjos en primavera, ácidos y soleados.
Años dorados, años plateados. La vida se mide en minerales. Y en nupcias. Yo, o lo que creía ser yo, casada con el vacío de una casa vieja o con un jardín pequeño, pero macizo en ajenjo y lirios. Tienes el poder cuando dices que ya no amas, que ya no amas teniendo sexo sin ningún intercambio beneficioso, tienes poder y también tienes esa desgracia de animal pobre, de leyenda desconocida o conocimiento sacro mitologizado. ¿Pérdida o encontrada? en la búsqueda de cualquier astro que sea parecido al desierto sin ser el desierto, donde nadie lleve sus embarcaciones enormes a la orilla, a mi orilla... sabía que hay esto de salir y encontrar, que hay esto de olvidar los abandonos sin poder hacerlo porque es imposible olvidar lo que se odia tan plenamente. El cielo brillante como los botones de nácar falso. Alguien come verduras y pensará en que todo estará mejor. Ridícula criatura. Ridícula por ingrata y criatura porque es una palabra precisa para insultar o edulcorar sin distinciones. Releo libros. Veo las plantas de verano morir en verano, por exceso de agua o quemadas y olvidadas en las orillas de los balcones. Entonces, siempre hay muertos cerca, siempre e indudablemente. Y el encuentro es una especie de muerte o una especie de vitalidad impredescible para mí, siempre ambivalente o fugaz como las copas de espumante de febrero, en Bahía Inglesa. Hermoso sitio para despeñarse hasta olvidar escribir y aprender a morir (frente a los y las turistas) en pocos segundos, aprender de las estrellas desde la caída. Hay cosas que sólo saben los que caen para siempre. Sin proporciones, entregarse a esa observación, al beso último del viento en las mejillas. Dejar entrar para que una pueda salir volando como una bala loca, disparada a la medianoche. Escribe. No seas tonta, fútil. Escribe, por favor
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