Busca asilo en la perforación del fantasma, en sus huecos y ademanes transparentes. Repite conmigo: debes tener tiempo para nada, debes tener la vista clavada en un punto vacío. No. Dos manos se alzan y luchan imperecederamente. Siempre dos, el mundo y sus dobleces, sus pliegues de sí y no y tú, buscando el milagro en la poca cosa, en tu peste. ¿Qué esperabas? nada. ¿Y porqué esas manos alzadas y esos ojos abiertos, como cuevas apetentes de murciélagos? No espero, no espero...
¿Y dónde vas? A los pliegues, a los encuentros con algo. No tengo mayores indicaciones. Se va y punto. Hay un fantasma mirándonos ahora y rié con extrañas intenciones y llora porque el viento lo arrastra violentamente. Llora porque puede llorar sin los miramientos del espíritu, porque no experimenta tiempos adecuados y por eso también ríe y se masturba y nos observa y besa mis manos, las besa y no se despide porque no está inscrito en el signo, en el lenguaje...
¿Y tu cuerpo? No preguntes. Un cuerpo es un agujero. ¿Tu cuerpo? nunca más una borradura, hasta el día impreciso, en que la noche muerda mi fe. Voy. Voy entrando...
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