Vienen por ti, los huracanes novedosos,
las confusiones literarias o gramáticas.
- ¿sabes escribir?
- escribe: aquí no pasa nada, nunca ha pasado nada.
Replantear la conversación
sobre cómo suprimimos al otro;
tengo el párpado
caído
y el cuerpo entra - porque en algún momento sale - en estado de suspensión, física y social.
Derivo mis clientes a putos anónimos;
los retorno y ofrezco la posibilidad
de barajar nuevamente el naipe.
Ayer besé mis brazos.
Ayer fue como lamer huesos incomprendidos, sobrantes.
Se empuña la letra, no se escribe.
Se empuña para clavársela a una misma
donde una quiera o donde se necesita.
La locura es un pasadizo,
una rosaleda o jardín de verbenas,
parecidas a un golpe macizo en la cabeza.
Eléctrico, vergonzoso, agudo.
Los ríos, ríos exudados, materialmente
empobrecidos
y, en espíritu, recios
como una potranca que descuera la chépica.
Muerte y vida.
No hay matices en lo inevitable,
a lo más el silencio que está siempre lleno
de un algo indecible, probable y vasto y que tiene la forma de dos anchos paréntesis opuestos.
Cierro los ojos y vuelvo
y vuelvo
y reconozco la nostalgia que me envuelve
y la sacudo
y vuelvo para
decir nunca
nunca
la paz
siquiera en la enfermedad
siquiera en la espesura del jardín.
Y los girasoles
musicando los medios cielos
con su dorada melancolía,
que más temprano que tarde,
les cortará la cabeza...
Y más allá,
los jilgueros
suplicando lombrices
al espino.
Lo indecible no es lo que no se dice;
es probablemente
lo más cercano
a una fiebre contenida;
un mensaje en medio de vahos
y niebla.
Toma.
Cose lo indecible.
Cóselo o despúntalo.
Toma.
Corre tras el surco
o por medio de el.
Como tirada de las orejas por un fantasma,
corre y bésale las manos... besa lo desaparecido.
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