jueves, 24 de abril de 2025
Cruzando la reja oxidada y desprendida, entro a un pequeño y viejo invernadero. Es una jaula de flores, vaciada de tiempo, con piletas y bancas comidas por el musgo. Aquí las plantas son dulces pájaros, trepadoras estructuras. En el medio, una cúpula con el cielo completamente despejado, abierta en todo su radio, a la que se puede llegar mediante escalera. Es un bello lugar para disponer esta desdicha floja, impotente. Regarla, alimentarla con míseros rayos de luna, tomar sus manos y señalar < es momento de asumir la imposibilidad, de decir miedo cuando es miedo y llorar a media noche >. Miedo o confusión. Es grato pensar en el ganso enfermo y en su vasta compañía. Un ave acuática sin sus plumas impermeables, humedecidas y pesadas, nadando contra o a favor de su propia enfermedad. Es agua, rápido, frágil. Esa fuerza y esa fragilidad, constituida en el cuerpo, es lo que organiza este llano momento, esta desazón cronificada y la disparidad de las máscaras.
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