Protuberancias en el rostro, quemaduras en la dermis. Siento como si alguien tomara un fierro ardiendo y me marcara. Al menos, una mano tendida digitalmente. Materialmente. Una mano que no suelto y que lloro bajando la cabeza, sentada en el piso. Mi verbo o mi capacidad comunicante es un alud y una creciente en la ribera y también un sonido de rata pisoteada. En los hospitales hay guardias, protocolos de seguridad, de sanidad. Tú tienes un número, una categoría, un diagnóstico ¿y que harás? ¿te irás a celebrar la vida a Contramanos? ¿sonreirás a la químico cuando diga a quién pertenecen tus remedios? sí y no y sí no sí
El silencio sostiene eso que no quieres figurar para los otros. Anoche recordé un objeto que caía ardiendo sobre la costa de Huasco. ¡Qué fuerzas! qué verdadera es la transfiguración de los minerales que arden y se funden y combinan con el agua. Amo el orden que se extiende desde todas partes, como una Estrella del Kaos. El orden en el sentido de la hiedra escalando muros y postes para alimentarse de sol. Esa complementariedad, incluso voraz o arbitraria, pero ardiente porque es el movimiento que permite la supervivencia.
Los libros de terror me parecen fatales. Un hada o una gata vieja o, incluso, un simple lápiz de madera me parecen más tenebrosos que la historia sobre un YO sombrío que se desprende de otra sombra. Debajo de mi cama y quizás ese es mi error, hay poemas sin concluir; dibujos a medias, gatos sin ojos. Eso me persigue, la disparidad, la incorporación total de la incompletitud. Mi Maneki-neko está, por todas partes, lóbrego, ausente, símil a un pozo viejo de Incahuasi y aún así, sin la fuerza de la longevidad, de la permanencia.
¿se odia la espera? Sí, la de los hospitales
¿se odian los hospitales? Sí, por las cruces escondidas y aún más abajo, por las osamentas de los indios, taponeadas por la salud del proyecto.
He pensado en nunca volver a amar. No hoy, sino especialmente hoy. Mi estado físico es el de una persona que combate, a cualquier costo y de cualquier manera, su propia capacidad amatoria. Mi espíritu: carne que es agua cuando se habla con la noche y el desierto: toda ofrenda, toda rito.
Me voy sacrificando en el sentido de entregarme pura o contaminadamente a los rincones más profundos de lo vivo, inexactos, donde guarecen las transformaciones, la metamorfosis del cuerpo en lombrices o pólvora.
Correr a la nada, rápidamente.
Allí me encuentro y me abalanzo en mi contra.
- Estás donde la noche no crece, donde la música es el sonido de una retroexcavadora.
- Estoy tentando a la suerte - me dices - cuando lo que estoy haciendo es alcoholizarme y escribir y descuerar máscaras.
- Estás sobre mí.
- Estaré por siempre sobre mí. Sobre mí y debajo o al costado o flotando.
- ¿Tienes el espejo que promestiste? Rómpelo. Rómpeme.